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Esto es lo que contó Facundo Cabral sobre su pareja y su hija. Ambas fallecidas


Barbra es, de todas las mujeres, la única a la que llama suya. Ella tenía dieciocho cuando él cuarenta.

–La vi en un restaurante. Estaba almorzando con los padres. Me acerqué y les dije: “Miren, esta mujer se tiene que ir conmigo porque es mi mujer”. Y ella vino.

Princesa en el concurso Miss América, tapa de Play boy, póster desplegable: era linda. Viajaron por el mundo –dice que vieron ballenas con Jacques Cousteau, que estuvieron en Vietnam los últimos meses de la guerra invitados por un comediante de la BBS, que fueron de misión con la Cruz Roja y se correspondieron con un amor enfebrecido y una infidelidad muy mutua, consentida.

–Ella me dijo “Sospecho que te voy a amar mucho, pero quiero que sepas que yo no soy fiel”. Y yo le iba a decir lo mismo. Los dos tuvimos otras historias, pero nada nos divertía tanto como estar juntos. “¿Podemos salir el martes, en vez del miércoles? Porque conocí a un alemán”. Nunca conocí a un ser tan libre, tan sano. Un día me dijo: “¿Arreglaste lo del concierto de esta noche?”. Y le dije “Sí, el empresario siempre tiene un lugar para vos, mi amor”. Y me dijo “No, pero ahora somos dos”. Estaba embarazada. Me pareció la cosa más increíble del mundo. ¿Yo, padre? Inconcebible. Y después vino el accidente. Ella tenía que tomar un avión en Chicago, y yo no llegaba pero le dije: “Anda, mi amor, que yo voy más tarde, en otro vuelo”. Era 1978. Mi hija tenía un año.

Cayó el avión, cayeron Bárbara y la niña, y todo fue borrado por una furia majestuosa que venía del mismo sitio del que vendría, dirá después, toda belleza.

–Yo hablaba ocho idiomas, pero me los olvidé todos. Bajé treinta kilos, perdí la vista. Estuve dos años así. Un día fui a ver a Krishnamurti. Le conté lo que me había pasado y me dijo: “Te envidio”. Te envidio, me dijo. “Siempre te quita lo que más amas. ¡Cómo te envidio! Qué tarea debe tener pensada para vos. Toda pérdida es una liberación. La vida no te quita cosas. Te libera de cosas”. Mi madre murió hace 21 años. Y no tuve dolor. Sentí liviandad. Era tan grande el amor que sentía por mi madre, que era una cadena. Cuando uno siente tanto amor por alguien, llega un momento en que dice bueno, ya está bien.